Entre dos librerías

Hace unos meses, y debido a que había acabado de leer la última de las novelas en árabe que había traído de Egipto (Beirut, Beirut, de Sonallah Ibrahim), por lo que me había quedado sin material, me acerqué a la librería de Casa Árabe, que tiene un rincón de novelas en árabe (algunas de ellas betsellers traducidos al árabe), entre las que se contaban algunas de Naguib Mahfouz. Cogí la primera que encontré, La azucarera (السكّرية), sin saber que era la segunda parte de la trilogía, y la leí, pareciéndome extraordinaria esa manera tan sensible e inocente que tiene de escribir, sin saber que estaba empezando por el final.

«Rompieron a reír, luego dijo Riad como si se estuviese presentando:
«Durante un tiempo tuve dudas, pero luego desaparecieron, ya no dudo de la religión porque la he abandonado. Creo en el conocimiento y en el arte, y así lo haré siempre, si Dios quiere».
Preguntó Abdelaziz con sorna:
«¿Un Dios en el que no crees?»
A lo que contestó Riad sonriendo:
«La religión posee a la gente, pero de Dios no sabemos nada, ¿quién es ese que puede decir: creo en Dios o no creo en Dios? Los profetas son los verdaderos creyentes: aquello que vieron, escucharon o dijeron les inspiró»
A lo que Kamal dijo:
-¿Dices que crees en el conocimiento y el arte?
-Si.
-Creer en el conocimiento tiene sentido, pero, ¿en el arte? Prefiero creer en los espíritus que creer en una historia, por ejemplo.
Lo miró Riad contrariado, y le dijo con calma:
-El conocimiento es la lengua de la razón, el arte la lengua de toda personalidad humana.
-Es pura poesía lo que dices.
Encajó Riad la ironía de Kamal con una sonrisa tolerante y le dijo:
-El conocimiento reúne a la humanidad a la luz de sus ideas, el arte, con sus soberbias emociones humanas; ambos hacen avanzar a la humanidad y la impelen hacia un futuro mejor.»

Desde entonces he estado buscando Entre dos palacios (بين القصرين), la primera parte de la trilogía. En el viaje que hice en primavera por el norte de Marruecos no la encontré, ya que nadie quería que le endosase el problema vendiéndome un tomo por separado. Sea como fuere, llegué a Marruecos al kiosquero al que conocí hace ya una década, Ahmed, un día camino al ferry, sin un solo dirham en el bolsillo, cuando tras verme ojear los poemas arábigoandaluces me pidió que me los llevase «favor» (en dariya marroquí, gratis). Aunque hace un lustro que no le compro ningún libro (porque me remite a otros lugares de segunda mano que considera que me serán más convenientes), me recibe siempre con cariño, buenas palabras y la consiguiente tertulia, una de las muchas que tanto árabe me siguen enseñando. Esta vez, sin su acostumbrado bigote, me habló de los periódicos de la colonización, que guarda con orgullo. Se define como un «solitario» (como el gremio, dice), aunque cada dia que voy veo cómo llegan y se van decenas de transeúntes con las inquietudes más pintorescas, a este trastero-librería que abrió en 1997. Me presenta improvisadamente a terceros como un profesor de árabe (sic) siendo más bien lo contrario, un aspirante a aprendiz de la dariya marroquí.

Sin éxito, probé, tras unos meses, a buscar en Beirut, donde he de decir que me fue bastante más fácil encontrarlo. Ya que estaba paseando por librerías me propuse preguntar por las lecturas de los libaneses a los encargados. Y todo empezó porque Hannan, el encargado de una librería internacional, al preguntarle sobre el libro y admitir que no lo tenía, me dijo:

– ¿Dónde vas? ¿Es que tienes prisa? Siéntate aquí un rato.

Al preguntarle sobre la lectura me dijo: «Ya no se lee, y si se lee es literatura extranjera, es lo que más se vende. Periódicos vendo tres al día, hago a lo mejor una caja de 10$, 50$ a lo sumo. Antes hacíamos cajas de 15.000$ al día. El árabe quiere comer (lo más importante), luego volver a comer, ponerse una prenda de ropa nueva cada día, foll*r y dormir. Los sirios vienen y compran libros caros, de historia, porque no los tienen y son gente curiosa. También he tenido clientes judíos, visten humildemente, vienen y se gastan mucho dinero en libros, les interesa la cultura. Los libaneses no leen, tampoco los iraquíes, están todos dormidos. Y así estamos, que imitamos a los americanos, a los franceses, a los judíos (sic) digamos lo que digamos -dice-, y al final no sabemos quiénes somos».

Más optimista fue la joven dependienta de la librería Bissan, que ha estudiado psicología en árabe e inglés y que dice preferir leer a Freud en árabe que a Naguib Mahfuz: «Claro que el libanés lee, y no solo novelas, sino también sobre historia y filosofía, amamos el ensayo y poder entender. En cuanto a literatura, se lee de todo, como este (Adham Sharqawi), o este, de la iraquí Ranim El Amiri (hajar el saada), este de Azher Jerjis es la última novela que he leído, habla sobre las desventuras de un pobre niño iraquí, ha conseguido el premio de ficción árabe. Ya -dice- no vendemos libros antiguos como antes. Hemos transformado la parte de arriba, en oficina. Si el libanés no lee es por las condiciones de la crisis que está sufriendo. La lectura es muy cara ahora que los precios están por las nubes.»

Según Fathi, sudanés a cargo en la librería Medina (junto con Dina, la libanesa dueña de la tienda, que habla con una amiga suya que viste un vestido verde de gala y que dice conocer el español -hola, gracias (sic)-), ha pasado el momento de los libros religiosos que inundaban las librerías. Ahora se lee literatura, y sobre todo poesía. Dina asegura que otra cosa no, pero que la lectura es algo que acompaña al libanés, y al iraquí -añade-, mientras entrega una novela de segunda mano en francés a dos estudiantes adquisidores. Nacionalista como es, habla de Jalil Yubran, y de novelas de libaneses como G. Zeydan, E. Nasrallah o Auwad…prefiere no hablar de cómo van las cosas con la crisis y recuerda en tiempos, ¡cómo se vendía!, intenta embaucarme para que compre.

De los dos kiosqueros a los que pregunté, uno de ellos de libros de 2ª mano, me aseguró que: «Líbano sigue siendo un país en el que, pese a las dificultades, se lee y que, con perdón del país del que provengas (sic), somos conocidos por ello. Vivimos en la era de la globalización y la tecnología, pero concedemos importancia a la cultura. Hay mucha variedad, se lee de todo, a mi me compran muchos libros: Mahfouz, Abdelhalim Abdallah, Abdel Quddous». Otro kioskero, de periódicos en este caso, lo achaca a la crisis económica: «Antes los bares estaban llenos de gente tomando café y leyendo el periódico, ahora uno no se lo puede permitir, por la caída de la libra. Mi mujer trabaja en un centro médico, cobra 14$ al mes. Y mira, el periódico el-Nahar, el que más se vende, cuesta 0.5$, antes costaba 0.01$, y resulta que hoy le han puesto una tasa y mañana lo voy a vender a 1$, tiene los días contados. La gente joven no se interesa por la actualidad, cierto, pero los que leían periódicos ya no los leen, no se lo pueden permitir. Luego eso de la lengua árabe … yo revistas, excepto esta en árabe de moda, todas son en inglés».

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