El “nido de piratas” que salvó a Cervantes. Waciny Laredj. Artículo publicado el 16.11.2022 en al-Quds al-Arabi
Volvamos al principio. ¿Fue Cervantes un hombre afortunado? Sin duda. Sobrevivió a episodios bélicos, cada cual peor que el anterior. Las casualidades se multiplicaron en su vida, convirtiéndose en una constante. Sobrevivió milagrosamente a la Batalla de Lepanto, donde perdió la mano izquierda. Participó en una huida en dirección a Orán con un grupo de amigos, siendo apresados y ejecutados todos, excepto el propio Cervantes, que sobrevivió a la masacre de las ejecuciones gracias a la intervención de dos personalidades ante el gobernante Hassan Veneziano. Cervantes había tomado parte en las Guerras de Religión contra el Gran Turco, esperando el momento en el que llevar a cabo un ataque contra Argel para destruirla, ya que era un “nido de piratas”. Lo que sucedió fue lo opuesto, que encontró un remanso de libertad, aún siendo preso en Argel, según expresó en sus libros Don Quijote, Los presidios de Argel y El trato de Argel, así como en sus breves Novelas Ejemplares, que encarnan fielmente su relación con la Argel otomana, con sus contradicciones y reticencias. Fue un preso al que se le permitía salir en sus momentos de asueto, y cuando fue comprado por el gobernante de Argel, Hassan Basha, se convirtió en señor de palacio, hasta que fue liberado por a cambio de un rescate.
Extrañas casualidades gobernaron la vida de Cervantes, pocas de las cuales son contadas por los historiadores, permitiéndole volver a España y escribir su excepcional obra Don Quijote. El 29 de mayo de 1580 llegaron a Argel Fray Juan Gil y Fray Anton de la Bella, con el objetivo de liberar a los cautivos. Allí encontraron una ciudad asolada por la tragedia del hambre, cuyo padecimiento se cobró más de 5000 almas en un solo invierno. Ambos hombres religiosos comenzaron conversaciones y contactos con los marineros y con Hassan Basha sin cosechar éxito alguno, ya que las guerras marítimas contra las armadas cristianas occidentales se habían recrudecido y volvían de nuevo a ocupar el horizonte. Los dos frailes pudieron comprar más de mil cautivos, entre los cuales no se encontraba Cervantes. El tiempo se agotaba, ya que Hassan Basha, quien profesaba simpatía hacia Cervantes y conocía el arte de la negociación, estaba preparando su vuelta a Turquía, tras poner fin a su labor como gobernante de Argel, y con él la de su allegado cautivo. Se propuso Hassan Basha recuperar únicamente el dinero desembolsado en la compra de Cervantes, es decir 500 onzas de oro; pidió 1000 onzas a Jerónimo de Palafox, pero su imposibilidad de pagar debido a su falta de liquidez, hizo decidir a Fray Juan Gil que sería él quien compraría a Cervantes. Tenía en su poder 280 onzas de oro, a las que añadió otras 200 que consiguió arrebatar del depósito de los Trinitarios después de complejos tiras y aflojas, tras lo cual se dirigió directamente al palacio del Basha, que estaba a punto de partir en dirección al puerto de Argel, listo para regresar a Constantinopla. El 19 de septiembre de 1580, cuando estaba el Basha preparándose para dejar Argel en compañía de su amigo cautivo, esperando un cambio en la dirección del viento, sucedió lo que ninguno de ellos podía imaginar. En ese preciso instante llegó Fray Juan Gil, hizo detener el barco y puso en la mano del Basha las 500 onzas de oro que había pedido para liberar a Cervantes. Le hizo bajar del barco para comenzar un viaje a una nueva vida, que no sería menos extravagante, pero que abriría a Cervantes la puerta del éxito que le haría llegar a la cima de la cultura mundial. Los tribunales de la Inquisición no iban a ver con buenos ojos la relación de Cervantes con los argelinos, ni con los gobernantes otomanos en Argel. Así que debía congraciarse Cervantes con Blanco de Paz, Inquisidor General del Santo Oficio, que le acusaba de graves delitos, el menor de los cuales le podría llevar a la hoguera, entre ellos el de colaborar con el Basha, convertirse al Islam, mantener relaciones homosexuales con Hasan Basha o la sospechosa colaboración con Hadji Murad. Para protegerse de la arrogancia de Blanco de Paz, Cervantes pidió el 10 de Octubre que se llevasen a cabo investigaciones sobre su situación, para poder volver a España sin tener que hacer frente a pena alguna. En su favor testificaron 12 personas, entre los cuales se contaba Fray Juan Gil, alegando su buen comportamiento dentro y fuera de la cárcel, su disciplina y su amor por su religión y sus monarcas. Otros documentos esgrimidos en dicho proceso son importantes, al permitirnos ver una parte difícil de la vida de Cervantes en Argelia. Estos documentos eran un medio para defenderse y para escapar de las garras de los Tribunales del Santo Oficio. El 24 de octubre, tras 5 años en Argel, Cervantes partió con destino a España a bordo del navío de maese Antón Francés. La mañana del 27 del mismo mes aparecía en el horizonte la tierra española, el norte de Alicante, poniendo ante él una gran esperanza de recuperar su vida previa. Tras desembarcar en Denia y permanecer allí 3 días, prosiguió su ruta en dirección a Valencia, tras lo cual se dirigió a Madrid. Concedió a ese viaje una gran extensión en su obra teatral El trato de Argel.
Argel (el nido de piratas) no solo abrió a Cervantes un amplio horizonte, al conocer un país del que sólo sabía a través de la propaganda religiosa cristiana, sino que le permitió también ir lejos en lo que se convertiría posteriormente en el proyecto de su vida: Don Quijote de la Mancha. En sus textos abundan las referencias a este excepcional destino, que le convertirán en el escritor más importante de cuantos ha conocido la humanidad.
En 1605, 30 años después de ser apresado, Cervantes publicó su texto inmortal, Don Quijote de la Mancha, el cual no solo fundó un género literario que con el devenir de los siglos se convertirá en el género por antonomasia: la novela, sino que a su vez puso negro sobre blanco su biografía como artista independiente en la literatura, al encontrar en su popular novela Don Quijote un gran eco a su vida personal en el Argel del finales del s.XVI, dedicando a ella numerosos capítulos en los que se refleja esta experiencia que le transformó y le hizo reconstruirse, pasando de ser un fanático religioso favorable a guerras de religión a ser un hombre razonable en todos los ámbitos, y en gran medida tolerante, siendo sus medios para doblegar a sus enemigos dos: el sarcasmo y la ironía.
Los textos cervantinos necesitan hoy una relectura y una profunda reflexión: son un reconocimiento a la labor de los árabes, a los que sacó partido este escritor sin par, y les ponen a ellos mismos en el lugar que les corresponde. Pero esto no basta, hay puntos que merecen ser examinados. El eco de la prosa árabe es claro y debe ser tenido en consideración. Hay un orden literario, o como lo llamamos hoy en día, una poética dedicada a la escritura literaria que se observa en la intencionalidad, los matices, las conclusiones, la belleza de los comienzos y los finales, la imaginación, que encontramos en la mayoría de las obras en prosa y que fueron inventadas por los nuestros ancestros árabes debidas a sus singulares experiencias, desde el s.X al inicio hasta la caída de los Mamelucos y los Otomanos y la llegada de la colonización, y que escribieron sus textos siguiendo un modelo. No crecen juntos dos tréboles de 4 hojas, no puede ser simple casualidad. La referencia a los textos fundacionales árabes nos pone ante una pregunta preocupante y vergonzosa: ¿Qué hemos hecho con este grandioso legado árabe y humano? Nada. Tan solo degradarlo, sumarnos a la fácil locomotora occidental, asumirla en los centros de conocimiento de la cultura y la civilización, al contrario que los asiáticos y los sudamericanos, que han vuelto a sus culturas nativas, valiéndose de ellas con su rica y grandiosa imaginación, que crece con la novela y su carácter universal, y creando escuelas en base a ella, como el realismo mágico, surgido al margen del realismo europeo, pese a no gozar de la protección de la Iglesia, que intentó borrar la historia y las religiones de los pueblos indígenas, y pese a la cultura de la cristianización forzosa, que impuso un modelo occidental que intentaba borrar cualquier rasgo histórico y cultural que le precediese.