Jayanes

Hace poco, leyendo El Quijote de Avellaneda me topé con la palabra, “jayanes”, en el párrafo siguiente: “los que profesamos el orden de caballería y nos hemos visto en tanta multitud de peligros, ya con fieros y descomunales jayanes, ya con maladrines sabios y magos (…)”. Jayanes vendría a ser el plural de jayán. En árabe una traición es una “jiana” (خيانة) y los que la hacen son traidores “jauana” (خونة), plural de “ja’en”, (خائن). Cual no fue mi sorpresa al consultar el diccionario de la RAE, y ver que según especificaba dicho organismo la palabra tendría por origen “jayant” proveniente del francés antiguo, con significado de gigante, pese a que dicha palabra -gigante- se encuentra a menudo presente en la obra. La semana pasada pude constatar en un artículo del periódico panárabe Alquds Alarabi lo que ya es de sobra conocido: las huellas árabes en la obra de Cervantes. Según el autor de dicho artículo, el novelista argelino Waciny Laredj, pese a ser nuestro escritor nacional un rehén (palabra también de origen árabe “rahina”, رهينة) en tierra mora, tenía acceso a la biblioteca del gobernante, a la sazón Hassan Basha, y un traductor de árabe a su disposición, lo que le habría facilitado el estudio y el acceso a gran cantidad de fuentes con las que ilustrar sus historias. Según escribe Waciny, Miguel de Cervantes habría manejado la lengua hablada en las calles de Argel, no así el árabe escrito. Esto viene a confirmar algo evidente: que los emblemas literarios nacionales, como en cualquier otra creación artística, se ven modelados por transvases culturales. Algo parecido habría sucedido con Dante, como estudió Asín Palacios, quien vio en la obra del autor italiano la plasmación de algo gestado en la Escuela de Traductores de Toledo, el conocimiento de la escatología musulmana ¿Qué otra razón le haría poder situar a Mahoma en el mismo infierno (sic) de su Divina Comedia?

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