Prólogo a el-Aswani

No hay innovación donde no hay libertad” (”»لا إبداع حيث لا حرية), dice el proverbio árabe. Y dice bien. Egipto es uno de los ejemplos más ilustrativos de ello. Hace 2 días se cumplían 11 años de la revolución que depuso a Mubarak, sin embargo, el país se halla sumido en un panorama desolador en lo que atañe a la censura en prensa y publicaciones literarias. Un país que fue siempre el protagonista de las letras, habiendo sido el primero del mundo árabe en publicar un periódico (Al-Ahram), y el primero, y el único, en tener un premio nobel de literatura de expresión árabe, Nagib Mahfouz (que fuera apuñalado en plena calle tras escribir una polémica obra “Los hijos de nuestro barrio” y ser condenado en público por un Sheij de la institución religiosa en El Cairo). Egipto, al que se le denomina el corazón de la novela, como a Irak el corazón de la poesía, o en otras palabras, como dijera el literato egipcio Taha Hussein, “El Cairo escribe, Beirut publica y Bagdad lee” (القاهرة تكتب وبيروت تطبع وبغداد تقرأ), presenta un escenario que recuerda al cuento de Yuha en el que un rey poeta le pregunta qué le parecen sus versos. En honor a la verdad éste le dice que no le merecen admiración, por lo que da con sus huesos en un establo en el que es encerrado. La segunda vez que el rey le lleva sus versos a Yuha, este le dice: voy directo al establo. Hace unos días, en una amplia librería de la céntrica calle Hoda Shaarawy pregunté si tenían alguno de los libros de Alaa el-Aswani, a lo que el dependiente de la tienda me contestó: “No, lo siento. Están prohibidos.” “Prohibidos? Le espeté”. “Sí -me dijo-, hay muchos libros prohibidos: Los que hablan del gobierno, los que se meten en política.” Tras leer en árabe el libro de Alaa el-Aswani, Chicago, que habla más de los vicios (el nepotismo, el sexo, la hipocresía, la influencia de los poderosos, y la persecución al que decide no someterse) que de las virtudes de un grupo de egipcios residentes en Chicago, he querido traducir el prólogo a su obra El edificio Yacobián (عمارة يعقوبيان), que reproduzco a continuación:

Prólogo:

En el año 1995 acabé de escribir mi primera novela “Los papeles de Issam Abdelati” cuyo protagonista es un joven culto, frustrado, que sufre el autoritarismo, la corrupción y la hipocresía de su sociedad, algo que le lleva a compararlos con el discurso de orgullo falso que repiten los medios de comunicación del gobierno, sobre la grandeza de los egipcios y de su cultura, de miles de años de antigüedad. Esta novela fue escrita identificando al narrador con el personaje, comenzando con el sarcasmo del protagonista ante la frase del famoso líder egipcio Mustafá Kamel: “Si no fuera egipcio, me gustaría ser egipcio”. La verdad es que no se me podía pasar por la cabeza, durante la escritura de esa novela, que me fuera a traer problemas. Llevé una copia de la novela a la Asociación de Escritores, pensando entregarla para su publicación, plenamente convencido de que sería acogida con interés, e incluso con una cálida bienvenida. Mi novela era, en opinión de todos los que leyeron el manuscrito inicial, mejor que muchas de las novelas publicadas por la Asociación de Escritores. Y allí, en el prestigioso edificio de la Asociación de Escritores me topé con el primer golpe, que me fue asestado por dicha institución, corruptora de la cultura en Egipto. Pude comprobar que en la práctica los autores de la Asociación de Escritores se dividen en tres grupos:

  1. Autores famosos, que publican sus trabajos directamente.
  2. Autores que han recibido la recomendación de personalidades relevantes del país, cuyos trabajos también se publican, de acuerdo con la influencia de la persona que les ha recomendado, independientemente de la calidad de sus trabajos o de su talento como escritores.
  3. La tercera categoría está formada por el grueso de los autores. Son desconocidos, no tienen recomendaciones ni son famosos. Por tanto, sus trabajos han de ser transferidos a las Comisiones de Lectura. Lo extraño es que los miembros de dichas comisiones no son profesores de literatura, sino trabajadores normales de diferentes departamentos, desde matemáticas a asuntos legales. En un momento determinado, los jefes de esos departamentos queriendo halagar y recompensar a esos trabajadores, les adscribieron a las Comisiones de Lectura, para que ganasen un dinero extra. Es decir, que un administrativo o un trabajador de recursos humanos era el que decidía si el libro recibía, o no, el visto bueno para ser publicado. Es evidente que a la dirección de la Asociación de Escritores no le importan demasiado las Comisiones de Lectura, ya que aquellos que se presentan ante ellas son autores desconocidos que no tienen relaciones con gente de peso. Y así aprenden los miembros de estas comisiones a “hacer sangrías en las cabezas de los huérfanos” como dice el proverbio árabe. Quisiera poder escribir algún día en alguna de mis novelas este absurdo espectáculo.

Llegué y me senté delante del empleado de la Comisión de Lectura, que se puso a buscar en mi novela, teniéndola fija ante si sobre el escritorio. Me dijo de pronto:

  • “Es imposible publicar esta novela.”
  • “¿Por qué?”
  • “Porque insultas a Egipto.”
  • “Yo no insulto a Egipto”.
  • “Haces burla del líder Mustafa Kamel.”
  • “No me burlo de él. A mí me gusta Mustafa Kamel, le respeto. El que se burla de Mustafa Kamel es el protagonista de la novela, Issam Abdelati.”
  • “¿Quieres convencerme de que no estás de acuerdo con lo que dice, aunque lo hayas escrito tú?”.

Empecé a explicarle al respetable miembro de la Comisión de Lectura la clase que recibimos en primero de bachillerato sobre la diferencia entre un ensayo y una historia, y cómo un ensayo refleja la opinión del autor mientras que una historia es algo ficticio cuyos personajes son diversos, y que no necesariamente representan la opinión del punto de vista del autor. El empleado permaneció en silencio. Me concentré en la defensa de mi argumento, diciéndole:

  • “Si seguimos ese razonamiento del que hablas, convertiríamos al autor en un ladrón, en caso de que hablase de ladrones, y en un traidor a su país, si describiese en su novela la personalidad de un espía, y ese razonamiento es absolutamente contrario a la obra literaria”.

El empleado permaneció callado por un instante, dibujando una sonrisa malvada en su rostro y dijo:

  • “¿Entonces no estás de acuerdo con las opiniones del protagonista de la novela sobre Egipto?”.
  • “En absoluto”.
  • “¿Estás seguro?”.
  • “Por supuesto que lo estoy”.
  • “¿Pondrías por escrito que lo condenas?”.
  • “¿Qué lo condeno?”.
  • “Sí. Daremos es visto bueno a la publicación de la novela si escribes de tu puño y letra que condenas las opiniones del protagonista de la novela sobre Egipto y los egipcios”.
  • “Lo haré.”
  • “Cogí un papel y un bolígrafo del empleado, y escribí “Condeno”, y debajo: Yo, autor de esta novela, anuncio que no estoy de acuerdo en absoluto con las opiniones expresadas por el protagonista Issam Abdelati, y que son contrarias a lo que pienso sobre Egipto y los egipcios”. A continuación, añadí de mi cosecha: “Quiero asegurar que el protagonista de la novela es una persona estúpida, un desequilibrado mental que recibe su merecido al final. He escrito esta denuncia de acuerdo con la solicitud de la Comisión de Lectura de la Asociación de Escritores.”

El empleado leyó cuidadosamente la condena, respiró con tranquilidad y escribió el permiso de conformidad sobre la novela y me prometió que sería publicada próximamente.

Capítulo 2:

¿Por qué acepté escribir esa denuncia surrealista? Porque quería publicar mi primera novela y porque creía que podría suponer un escándalo en la Asociación de Escritores que tratase temas como la corrupción, o la ignorancia, y por eso añadí que yo escribía esa condena de acuerdo con su solicitud. Permanecí algunas semanas esperando y fui a la Asociación de Escritores para preguntar qué había pasado con mi novela. Allí encontré un muchacho diferente al que vi la primera vez. Cuando le hice referencia a lo que había pasado sacó el expediente de la novela (que no se había movido de ese cajón durante todo este tiempo). Una vez abrió el expediente y leyó la condena apareció en su cara una expresión de consternación. Me preguntó, y tras contarle lo que había pasado me dijo:

  • No, esto no tiene sentido.

Se levantó, y rompiendo la denuncia ante mí dijo tranquilamente:

  • Escucha, publicaremos tu novela una vez hayas eliminado los dos primeros capítulos, ¿Qué te parece?

Lo que me parecía, por supuesto, era que me iba a llevar de delante suya el manuscrito de la novela. Así lo hice, y salí de aquel edificio que no he vuelto a pisar desde aquel día. Sufrí una gran depresión después de aquello, pero tras recomponerme decidí que iba a publicar mi novela corriendo yo con los gastos. Y dado que había acabado en aquel momento de escribir varios relatos los agrupé en uno solo y lo titulé “Lo que se acerca tras de mí”. Lo mandé a la imprenta, encargando tan solo trescientas copias, corriendo yo con los gastos, y distribuyéndolas entre críticos literarios y amigos. El libro encontró una acogida sorprendente, siendo elogiado por muchos críticos… Lo que me llevó a un fenómeno raro que me afectó durante un tiempo… Ser un escritor sin lectores. Los críticos elogiaban mi libro en las páginas de los periódicos, pero quien leía esos artículos y buscaba el libro no lo iba a encontrar jamás. Después de algunos años recobré la esperanza, cuando un editor privado se propuso publicar el libro y me hizo un contrato para publicarlo. Pero mi mala suerte parecía nunca acabar: resultó que dicho editor tenía graves problemas económicos. Había varias sentencias en su contra por extender cheques sin fondos, lo que había dado lugar a su marcha y al cierre de la editorial. Perdió aquella copia del libro en ese transcurso, quedando en paradero desconocido alrededor de diez años, hasta que fue encontrada por casualidad. Y así seguí siendo un escritor sin lectores. Por eso cuando llegó el año 1997 acababa de terminar un conjunto de relatos cortos, “Esperando a un líder” lo presenté para que fuese publicado en una de las series de la Organización de Palacios de Cultura. De hecho, esta vez estaba entusiasmado, ya que el responsable de la publicación era un escritor conocido. Me dije a mi mismo: Esta vez no hay que llegar a un acuerdo con un funcionario estúpido, sino con un narrador, un novelista con experiencia en la literatura, público ferviente del campo de las letras, que había ganado adeptos. Algunas personas habían contactado con el responsable recomendándole la obra, ya que la habían leído y les había gustado. Éste les había asegurado que le encantaban mis obras. La publicación de mi conjunto de relatos, por tanto, estaba asegurada. Sentí una gran felicidad porque por fin podrían ser leídas por la gente. Y en un día que nunca olvidaré por ser el día de mi cumpleaños, el 26 de mayo, llamé al escritor responsable, para preguntarle sobre mis nuevos relatos, y entonces me dijo:

  • Lo siento, no es posible publicar ese conjunto de relatos.
  • ¿Por qué?
  • La comisión de lectores lo ha rechazado por unanimidad.
  • ¿Quiénes son los miembros de esa comisión?
  • Es una comisión secreta cuya composición y el nombre de sus miembros está absolutamente prohibido revelar.
  • ¿No hay ningún informe que especifique las razones del rechazo?
  • Normalmente no escribimos los informes.
  • ¿No está el escritor en su derecho de saber por qué le ha sido denegada la publicación de su obra?
  • No. En este caso no existe ese derecho.
  • Usted esta al frente de una serie de publicaciones de carácter público que son financiadas con los impuestos egipcios, y estoy en mi derecho de saber por qué ha sido denegada la publicación de mi obra.
  • Escuche… No voy a publicarle ni una sola letra, ni voy a darle ningún informe… Soy libre, amigo… No le voy a publicar nada, puede ponerse como quiera.

A continuación, me colgó. Todavía recuerdo la sensación de humillación y el shock en el que permanecí aquella noche, yendo a peor si cabe, ya que mi familia me había preparado una pequeña fiesta con ocasión de mi cumpleaños. Me senté con ellos cabizbajo como consecuencia de la humillación de la que acababa de ser testigo. Cuando me preguntaron, fue difícil psicológicamente contarles lo que había ocurrido. Unos días después me reuní con mis queridos amigos (entre los que se recuerdo que se contaban Mohammed al-Qadusi, Osama Arabi y Dr. Fahmi Abdesalam) y comenzamos una publicación independiente, para la cual eligieron comenzar con mi nuevo conjunto de relatos, y así fue como se publicó el conjunto de “Esperando a un líder” como mis trabajos anteriores, lejos de los lectores. Publicamos 500 copias y las enviamos a los críticos, que las recibieron como siempre, con una cálida bienvenida. Pero permanecí como estaba, siendo un escritor sin lectores. Solo que en esta ocasión me afectó violentamente lo sucedido, reviviendo lo que me había sucedido desde que empecé mi andanza literaria. Empecé a preguntarme: ¿Qué he conseguido con la literatura? Rechacé quedarme en Estados Unidos después de acabar mis estudios de medicina en la Universidad de Illinois en Chicago. Decliné ofertas de trabajo muy generosas económicamente para trabajar en hospitales del golfo. Y todo ello por la literatura. ¿Y qué me ha dado la literatura a cambio sino problemas, dolor y humillaciones? ¿Podría haberme humillado de esa manera ese funcionario si me hubiera presentado como médico? Me trató de esa manera porque a sus ojos no soy sino uno de los muchos escritores que le solicitan que les publique. Y él hace con ellos lo que quiere. (Supe posteriormente que dicha Comisión no existe, ni secreta ni públicamente, sino que es el funcionario el que publica o prohíbe la publicación en función de su deseo personal).

Después de todo, ¿Qué valor tiene todo el esfuerzo hecho por escribir, si soy al final incapaz de publicar mis obras? ¿No soy acaso como todos los autores, que escriben para ser leídos? ¿Dónde están los autores? Se apoderó de mí una pesada decepción. Me senté con mi mujer Iman Taymur para que hablásemos sobre el tema, y con ella llegué a convencerme y a tomar una decisión. La convicción era que la puerta de la literatura permanecería cerrada ante mí. En Egipto no conseguiría jamás lo que quería de la literatura. Y la decisión que tomamos juntos fue la de emigrar a otro país donde hubiera igualdad oportunidades, y donde poder tener una vida cómoda, y un trato más humano y respetuoso con la gente. Tomamos en ese momento la decisión de emigrar. Decidí que sería a Nueva Zelanda a donde emigraríamos. ¿Y por qué Nueva Zelanda? Quizás por lo lejos que está, ya que la decepción que tenía me hizo querer alejarme de Egipto al lugar más lejano posible.

Deja un comentario